Bueno, pues aquí seguimos, viviendo una pandemia, con todo el conjunto de situaciones que sólo habíamos visto en videojuegos, series y películas: hospitales desbordados, países enteros paralizados, ciudades vacías, etc etc. Una catástrofe tal vez no tan cruenta como una guerra mundial, pero que, como dice Carlos de la Cruz, saldrá en los libros de Historia. Aunque mucho me temo que aún nos queda bastante para hacernos una idea de la magnitud de todo lo que está pasando.

Nosotros estamos dando gracias porque sólo nos está tocando la parte más suave de todo esto. En estos momentos ninguno de nuestros familiares cercanos parece haber pillado el maldito virus, aunque tenemos amigos y conocidos que están pasando por ese horror, siendo parte de esas estadísticas tan terroríficas de contagiados y fallecidos que no dejan de aumentar. Tampoco nos ha caído encima ninguno de esos ERTEs que están proliferando por doquier. Somos unos afortunados a los que sólo les ha tocado empatizar un poco mejor con los habitantes de los refugios de Fallout o los protas de Calle Cloverfield 10. Aunque ya quisiera verles a ellos en nuestros claustrofóbicos pisos de dimensiones españolas, ya.

Mi Reina lo supo ver antes que yo. Cuando la gente agotaba las mascarillas en las farmacias por los primeros casos en Italia, yo tenía una media sonrisilla escéptica cuando cedía a su afán de ir haciendo poco a poco compras de «fondo de alacena»: fruta en almíbar, conservas vegetales, pan tostado, leche en polvo, pasta, etc etc. A fin de cuentas, ya tuvimos hace tiempo la crisis de la gripe del pollo, y más recientemente la del Ébola… y todo pasó sin pena ni gloria ¿no?.

La sonrisa se me borró de golpe cuando leí que ya había un caso de Coronavirus en Madrid, con Italia ya contando sus primeros muertos. Nuestra Princesa es alérgica y asmática, totalmente población de riesgo. Desde entonces empecé a pasarme por el supermercado cada vez que salía del trabajo para hacer otra pequeña compra, poco a poco completando las que seguía haciendo mi Reina alguna tarde que otra. Y antes de que lo preguntéis, no, nosotros no hicimos acopio de papel higiénico. Habiendo agua y jabón…

Gracias a todo esto vivimos el cierre de los colegios decretado por la Comunidad de Madrid sin nerviosismos ni colas de última hora. Y desde entonces hemos podido respetar el confinamiento al máximo posible.

Teletrabajando

Como decía antes, somos plenamente conscientes de ser unos auténticos afortunados. Aparte de lo de que no hay (de momento) ERTE, mi jefe consiguió que nuestro departamento fuera uno de los primeros que podrían teletrabajar desde el mismo día 11. Es decir, pude quedarme con los peques desde el primer día. Algo que nos vino estupendamente, porque la empresa de mi Reina no la mandó a casa hasta el viernes 13, cuando se verificaron un par de casos de coronavirus en su edificio.

Eso sí, espero que después de esto los curritos ya no identifiquemos «teletrabajar» con «atender a tus hijos» o «posibilidad de escaquearse», creencia muy extendida antes de todo esto. El volumen de trabajo fue tan bestial que para mis hijos sólo fui un «padre plantificado en el despacho» desde ese día hasta bien pasado el lunes siguiente. Sí, incluyendo el fin de semana. Me gustaría ser tan ingenuo para creer que los directivos también han aprendido la diferencia… pero a estas alturas lo dudo bastante. Algunos han visto el campo abierto con eso de tenernos encerrados en nuestras casas, dado el jefeo sin pausa al que algunos nos han sometido en horarios inverosímiles.

Y seguro que cuando todo esto acabe seguirán queriendo tener esa disfrutable sensación de ejercer el poder sobre nosotros… presencialmente.

Durante aquellos dos primeros días mi Princesa ayudó a ocuparse del Pequeño Pirata hasta la hora de comer, momento en el que volvía mi Reina de trabajar. Pero si la situación se hubiera prolongado y mi Reina no hubiera podido quedarse en casa, ni mi Princesa habría podido seguir ese plan de estudios online infernal que tiene ahora ni yo hubiera podido rendir lo mismo en el curro. Simplemente porque cualquier niño de 5 años tiene un límite.

Pero al final no hay mal que cien años dure. Después de esa primera semana en la que, en palabras de mi jefe directo, sacamos adelante el equivalente a tres semanas de trabajo, las cosas han ido normalizándose lo suficiente como para poder empezar a tener una cierta rutina. Me levanto, desayuno y me aseo a la misma hora que lo hacía antes y me visto de forma cómoda. De esa manera voy poniendo mi mente en «modo trabajo». Me conecto casi una hora antes de lo normal porque, a fin de cuentas, no me chupo un atasco. A las nueve y pico tenemos una reunión vía Skype (sólo audio) para concretar objetivos del día, y hala, al tajo. A eso de las 2 hago una pausa para comer con toda la familia y echar un ratito con ellos. Luego sigo la jornada laboral hasta la hora que me iría normalmente (las 7 de la tarde o así). En ese momento me vuelvo a cambiar de ropa para poner mi mente en modo «fuera de trabajo» y me dedico a estar con la familia. Eso sí, con el teléfono del curro cerca, porque nunca se sabe… pero bueno, eso ya lo hacía antes de forma habitual.

Todo esto me permite ver cómo se va levantando toda la casa por la mañana, y recibir mi dosis de besos de buenos días mientras estoy en la reunión. Y es una delicia hacer una pausa de vez en cuando para ver qué están haciendo en el colemami, o resolver alguna duda en los recreos de los colemamis.

Ah, que no he llegado aún a esa parte.

El día a día en casa

Nuestra intención inicial. Aunque lo que hay después de las 13:30 son más bien unas directrices…

Con mi Reina en casa ya sí hemos podido establecer una rutina para los peques. El Pequeño Pirata siempre tiene alguna tarea como un dibujo, una ficha, una lectura o alguna cuenta básica. Para mi Princesa lo que hay es… el horror.

Y es que si a las empresas les ha pillado todo esto más o menos por sorpresa, al instituto de mi Princesa le ha cogido el toro totalmente. El Aula Virtual de la Comunidad de Madrid ya tenía sus problemillas cuando las cosas iban bien, y toda esta situación ha terminado por desbordarlo. Colapso del sistema cuando el número de estudiantes conectados llega a cierto número, profesores que nunca antes habían entrado intentando hacerse con una herramienta poco intuitiva… ¿La respuesta? De todo menos unificada. Algunos profesores abrieron por iniciativa propia Classrooms de Google, días antes de que el propio instituto llegara a algún acuerdo con Google para hacer una cuenta conjunta que matriculara con un nuevo email a todos los estudiantes. Pero no han debido quedar contentos del todo, porque no mucho después el instituto ha clonado la estructura del Aula Virtual en su propio dominio, fuera de la plataforma de la Comunidad…

¿El resultado? Mi Princesa y sus compañeros tienen que ir conectándose cada día a cuatro plataformas diferentes para ver dónde ha colgado cada profesor los doscientos millones de tareas que les han puesto. Un jaleo, vamos. Y eso quien puede conectarse, que me consta que hay algunos compañeros suyos que simplemente no pueden.

En fin, veremos cómo acaba el período educativo. No quiero ni imaginarme lo que estarán pasando los que están justo en un período crítico, como las pruebas de acceso a la Universidad…

El Colemami en pleno desarrollo.

Después de la hora de la comida suele haber sesiones de jugar, ver dibujos animados o jugar a videojuegos… a veces más de lo que me gustaría, pero tampoco puedo ponerme demasiado exigente estos días. Y menos mal que ha coincidido este período con los lanzamientos de Animal Crossing: New Horizons y Disney+, con lo que hay más variedad de cosas que ver y jugar. También nos ha dado para probar algún que otro juego nuevo, como el Find the Code de Haba, que ha resultado más corto de lo que pensaba que iba a ser.

Luego la tarde se va volando entre las videollamadas que hacemos cada día a los abuelos y la cita diaria a la que nunca podemos faltar: los aplausos en las ventanas para esos héroes que están ahí, en primera línea: médicos, policías, cajeros y reponedores de supermercados, transportistas, etc. Cinco minutos en los que nos vemos todos en el vecindario y que nos está sirviendo también para ir conociéndonos, aunque sea para ponernos las caras en los pisos correspondientes.

Y después de cenar también conseguimos mantener la misma rutina que teníamos hasta ahora, con los mismos horarios para irse a dormir y todo.

Con todo esto hemos logrado que estos días hayan pasado admirablemente bien. Nuestros peques siempre han sido muy caseros, de esos que hay que sacar a la fuerza los findes porque les encanta estar en su casa, así que han echado poco de menos la calle. Por ahí, pocas tensiones. Además, el no salir ha hecho que tengamos menos hambre, por lo que las provisiones nos están durando más de lo previsto. Y estoy convencido de que hubiéramos podido estar así, encerrados, bastante más tiempo… si no hubiera pasado lo que pasó.

Lo que no puedes controlar

El jueves 19 empezó a inundarse el baño pequeño. Un torrente de agua sucia que salía del bote sifónico, el desagüe de la ducha y hasta de la misma taza del vater. Dejó de salir pronto, pero cuando habíamos achicado casi todo empezó a salir más. Llamamos inmediatamente al portero del edificio… y a partir de ahí la cuarentena se fue al garete.

El problema era un atranco en la bajante general del edificio. Todo lo que los seis pisos que tenemos por encima tiraban por el baño pequeño acababa desbordando el mío. Por mi casa pasaron el portero, el fontanero y por la tarde dos operarios de desatrancos. Todos vinieron con sus mascarillas y sus guantes, aunque al final los de desatrancos se quitaron las mascarillas e incluso tosieron un poco sin ella. Y encima todo este trasiego de gente no sirvió para solucionarlo del todo. Consiguieron hacer un pequeño agujero en el atranco, pero hay que reemplazar la bajante entera en el piso de abajo. Una tarea que se iba a haber realizado esta semana, pero que por diversos motivos (sobre todo los problemas que puso el vecino de abajo) se ha ido posponiendo hasta la mañana de este lunes. Sí, justo el día en el que comenzaba el endurecimiento de las restricciones de movilidad, para darle mayor emoción a la cosa. Pero parece que finalmente han conseguido hacer el trabajo.

No tengo palabras para describir la angustia de estos días, al menos de una forma que se acerque a lo que soportamos. La incertidumbre de que en cualquier momento pudiera pasar de nuevo, pese a estar avisados los vecinos de arriba. El enterarnos de que en uno de los pisos de arriba había pacientes con coronavirus, con lo que el agua que habíamos ido achicando podía estar infectada (y que no sabremos si es así hasta dentro de unas cuantas jornadas). La tensión de que hubiera más filtraciones por otro lado… Pufff. Lo dicho, indescriptible.

Así que ya veis, toda nuestra preparación, para nada. Como si fuéramos los clásicos secundarios de peli de catástrofes que piensan tenerlo bajo control, pero caen por alguna idiotez que se le acaba de ocurrir al guionista.

Compras en tiempos de virus

Claro, con la cuarentena rota en mil pedazos decidimos aprovechar esa tarde del jueves para ir a hacer una compra tanto para nosotros como para mi madre. Me acerqué yo, dado que soy el que tiene más CON y FUE. Será difícil que olvide ese viaje a pie. La Avenida de la Ilustración vacía, con los pocos viandantes que me encontraba temerosos de cruzarnos la mirada, como si estuviéramos haciendo algo malo. El centro comercial casi apagado por entero, con cintas perimetrales marcando el único camino posible hacia el supermercado. Y luego ese ambiente tenso, con avisos continuos por megafonía, algunas secciones clausuradas y los clientes intentando evitarnos lo máximo posible. De película de terror.

Después de aquella compra sólo he tenido que salir ayer, a hacer otra para nosotros y los abuelos a un supermercado de barrio que tenemos más cerca. Un viaje mucho menos tenso, tal vez porque todos ya nos hemos ido acostumbrando a la situación. Intentaremos retrasar lo máximo posible el próximo viajecito… porque está claro que tendré que volver a salir.

Y es que durante estas semanas ha sido imposible hacer una compra online en ningún supermercado. En Alcampo, Carrefour, Eroski, El Corte Inglés o incluso Amazon Prime, todos los horarios de entrega están permanentemente completos. No sé si será igual en el resto de España, pero vamos, aquí en Madrid no hay servicio. Por eso me sigue chocando recibir esos emails de todos estos supermercados invitándome a hacer pedidos online. ¡Si no se puede!

Pero bueno, lo mío son quejas menores en comparación con tanto sufrimiento que estamos viendo todos estos días. Seguimos resistiendo, con buena salud (de momento… eso espero) y buen ánimo. Espero que al guionista no se le ocurra lanzarnos otra catástrofe imprevista, eso sí… pero sea como sea, acabaremos saliendo de ésta. Todos, nosotros y vosotros.

Todo saldrá bien.

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