El viernes 19 de junio fue el último día en que recogí a MetaCorsario del colegio.
Y sí, fue un momento muy feliz porque para él empezaron oficialmente las vacaciones de verano. Último día de cargar con las mochilas de libros, el día después de la fiesta de graduación… y por fin, descansar y disfrutar de tres mesecillos de estar más o menos a su bola. Bueno, mentira, que le toca el campamento de verano unas cuantas semanillas más.
Pero, por otro lado, no pude evitar pensar que también era el último día de una etapa que ha durado la friolera de 16 años. Ya no volveré a entrar en ese edificio un miércoles por la mañana o un viernes tarde. Al menos no como parte de mi rutina habitual.
Y claro, han sido tres lustros yendo y viniendo del mismo edificio, mañanas, tardes e incluso alguna noche, participando y siendo parte de la organización de las fiestas. Unos cuantos añitos conociendo profesores, padres de amigos y amigas de los peques, directivos del cole. Fiestas y exhibiciones de fin de curso. Los nervios de a quién le tocará en el siguiente curso, tanto profes como compañeros.
Pero también extraescolares. Campamentos de verano (viva la conciliación). Los jaleos y desvelos de mi Reina en el AMPA: actas, negociaciones con la directiva y las extraescolares, diseños y rediseños de la web…
Sí, es un edificio que no se va a ir a ninguna parte. Seguirá ahí cuando pase por la calle. Pero ya no será un sitio al que vaya expresamente.
Ley de vida. Acabando etapas, empezando otras. En el instituto también habrá grupos de padres, actividades, profesores… pero ya sabemos que se vive de otra manera, menos cercana.
En fin. Menos mal que vivimos en una época con fotos y vídeos.







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