En el taller de literatura de la Biblioteca José Saramago

El año pasado, durante una de las clásicas conversaciones post-comida de la SGRI, el maestro Roberto Alhambra comentó de pasada lo mucho que le había ayudado para sus siguientes novelas el haber asistido a un taller literario. Desde entonces me quedé con el gusanillo de apuntarme a uno. Principalmente por ver si me facilitaba el escribir por aquí, pero también por si me animaba a desempolvar todos esos conatos de historias que tengo en varias carpetas virtuales y que nunca termino.

Durante una temporada estuve mirando por internet algunos talleres de pago, sin animarme a dar el paso, cuando de pronto me enteré de que daban uno gratuito en la biblioteca que tengo cerca de casa, la José Saramago. Y ¿qué mejor manera de probar de qué va esto antes de empeñar pasta de verdad?

¿Convertirme en un escritor, y gratis? ¿Dónde hay que firmar?

Pues había que firmar en una lista de espera con unas diez o quince personas delante de mí. Me acabaron llamaron en marzo, cuando el taller llevaba dos meses funcionando, y desde entonces hasta el 8 de junio estuve yendo un par de horitas cada lunes por la tarde. Aún no sé si lo retomaremos en octubre o si habrá que volver a apuntarse y montar un nuevo grupo… ya veremos.

Lo cierto es que en estos tres meses no ha habido un solo día que fuera igual que el anterior. No sólo por las actividades en sí, que también, sino porque desde que entré prácticamente cada día desertaba un compañero y lo sustituía otro. Y por si fuera poco, allá por abril también cambió el profesor.

Curiosamente, el cambio de docente no varió demasiado la metodología del taller, así que me huelo que no debe haber tantas formas distintas de plantear una actividad de estas. Para que os hagáis una idea, las dos horas de clase se dividían a grandes rasgos de la siguiente manera:

  • Lectura de un texto o relato, para comentarlo entre los asistentes y que el profesor lo analice a continuación.
  • Teoría sobre distintos aspectos de la literatura.
  • Lectura de los relatos de los alumnos sobre un tema que el profesor propuso en la anterior sesión.  Los demás compañeros y el profesor los van comentando.

Los profesores

Luego cada profesor tiene su estilo, por supuesto. El primero que tuvimos, José Luis Dacal, impartía la parte de teoría como si fuéramos una auténtica clase universitaria de Literatura Comparada, con abundancia de terminología avanzada, y sus requisitos para los relatos que teníamos que traer al día siguiente eran muy laxos: que tocaran un concepto que elegía él (a veces parecía inventado sobre la marcha) y que no superaran un folio de extensión.

Por ejemplo, un día el tema fue simplemente “Maleable o moldeable”. Y con esos mimbres perpetré esto:

Ohivá, que no le puse título… pues era “Cosquillas”.

Lo reconozco, era una gamberrada 😛 Por un lado quería abusar adrede del plateamiento “que cada lector se monte su película” (os lo explico un poco más adelante), y por otro me apetecía reivindicar Dungeons & Dragons y Gerónimo Stilton como inspiraciones tan válidas como Cortázar y Mrożek.

Mis compañeros se quedaron a cuadros (normal), y alabaron la originalidad y el humor. Pero el profesor me puso una pega importante: no podría considerarse un “relato” propiamente dicho porque no hay un conflicto dramático suficientemente importante. Es decir, los obstáculos que el informe protagonista va encontrándose en su camino no son “conflictos” porque se sortean con facilidad, sin que el personaje llegue siquiera a plantearse dejar la búsqueda. Pues mira, justo este tipo de críticas es una de las cosas que buscaba cuando me apunté a esto.

Con el segundo profesor, Rubén Muñoz, íbamos más al grano en la parte teórica, y los “deberes” del día siguiente tenían requisitos dirigidos a practicar la teoría. Claro, Rubén viene de impartir los talleres literarios de El Electrobardo y se notaba que nos estaba impartiendo la versión demo… y no sólo porque todos los días mencionara las bondades de su taller online 😛, es que se veía mucho curro detrás del contenido de las clases y el material que nos facilitaba. Además, con él tuvimos que leernos y comentar dos libros, que fueron El Gran Gatsby y Matadero Cinco (¡hola, Tatiana! *guiño guiño*)

Por poner un ejemplo de lo que hicimos durante este “período”, uno de los ejercicios fue escribir un microrrelato de 100 palabras. Éste fue el primero que terminé:

Para siempre

—Buenos días, cariño. Vaya día tienes hoy —dijo Ana. —Después del trabajo tienes que pasarte por casa, hacer la merienda de los niños y correr a recogerlos.

—Sí, cariño. —suspirando, Alexei tomó el paño, empapado en el líquido, y se acercó a ella.

— ¿Y cuándo vas a comer? Tienes que cuidarte, cielo, no pueden ser bocadillos todos los días…

—No te preocupes, ya me apañaré —no pudo evitar una lágrima y la besó. —Hasta luego, cariño —y aplicó firmemente el paño sobre su rostro.

Cuando apartó el paño, ella seguía allí, sonriente. Y el cristal brillaba impoluto.

¿Qué os habéis imaginado?  ¿Qué está pasando? ¿Qué ocurre al final? Pues ahí está la gracia: cada persona que lo ha leído me ha dicho una cosa distinta. Y ésa era la intención. Por eso me lo pasé pipa recortando, afinando el sentido de cada palabra, de cada frase, dándolo a leer, reajustándolo de nuevo para cuadrar exactamente las 100 palabras…  un proceso realmente divertido que produce la satisfacción inmediata de obtener un relato terminado. Con esa longitud, así cualquiera 😛

Así que supongo que no os extrañará que me pusiera a escribir otro, esta vez más rolero:

Las puertas del infierno

Dio un poderoso tirón. El eslabón de la cadena cedió y el corsario rodó, evitando la larga lengua. El ser que taponaba el pozo gorgoteó, frustrado. Román corrió hacia la salida. El ser lanzó su lengua de nuevo, que se retorció con la luz de las antorchas.

—¡Ajá! ¡Ya sé cómo acabar contigo, demonio!

El ser ardió con la antorcha, derrumbando en su agonía grandes trozos de la pirámide. El corsario, despanzurrado, sonrió triunfante: el suyo sería el último sacrificio.

Las innumerables cosas que salieron del pozo leyeron su mente y rieron mientras se diseminaban por la selva nocturna.

Éste es bastante más sencillote, sin cuádruples intenciones y lleno de acción. Pero el proceso de afinación de las palabras, recorte, etc. siguió siendo igualmente divertido. Supongo que me lo pasé tan bien porque, a fin de cuentas, es lo mismo que hago con las entradas del blog, pero con resultados más inmediatos.

Los compañeros

Son la otra pata en un taller de estas características, ya que de ellos depende en gran medida el ambiente de las sesiones. A mí me tocó una clase que raramente bajaba de 10 alumnos por sesión, con un rango de edades que oscilaba entre los treintaytantos y los taytantos, y cuyas procedencias personales y preferencias literarias no podían ser más diversas. Así de primeras suena a polvorín a punto de explotar, ¿no?

Pues en absoluto. Pocas veces he visto un grupo tan variado que fuera además tan tolerante y tan respetuoso con las preferencias de los demás. Lo cual favorecía no sólo un buen ambiente que permitía irse de cervezas después, también me invitaba a probar esas gamberradas literarias ante una audiencia tan dispar (lo cual me parece que es una oportunidad que no tiene precio :-P) y además me permitía apreciar y tomar notas de los estilos, los enfoques y los recursos que mis compañeros empleaban para afrontar el mismo ejercicio.

 

Por ahí me dicen que las cosas no son tan de color de rosa en otros talleres, así que soy consciente de que he tenido una suerte loca con los compañeros que me han tocado. Qué paciencia han tenido conmigo… ¡un saludo para todos desde aquí!

Impresiones y resultados

Y dicho todo esto, ¿ha cumplido el taller mis expectativas? Pues por una parte no… y por otra sí, incluso las ha excedido.

El “no” es para mis expectativas de mejorar mi método de escritura. Lo que hago siempre (como en este mismo artículo) es apuntar las ideas principales, luego desarrollarlas en frases completas, y por último ir ordenando, reordenando y corrigiendo para que el flujo de lectura sea un “camino” ameno y más o menos comprensible. Esto funciona muy bien para artículos o escritos cortos, pero lleva tanto tiempo que ni me lo planteo para escribir textos más largos, no digamos ya una novela. Sospecho que es el mismo método que sigue Rothfuss, por ejemplo, que le está costando echarle décadas a cada libro. Perezón…

Por eso mi esperanza era que aquí me enseñaran técnicas para escribir “de corrido”, de forma que no requiera tanto retoque. Pero los talleres no iban por ahí. Supongo que requeriría una atención bastante más exhaustiva por parte del docente, algo que no creo que puedan dedicarme  en una clase gratuita con otros diez alumnos… tendré que mirar si El Electrobardo ofrece algún taller que apunte en esta dirección. (*guiño, guiño*)

El “Sí, incluso las ha excedido” es para todo lo demás. Estoy aprendiendo a estructurar mejor los relatos, a vigilar la ortotipografía, a dibujar personajes con mayor profundidad y a manipular y a engañar al lector, todo ello a base de teoría, ejercicios… y de leer autores que ni de coña se harían un hueco en mi lista de espera de lectura, copada por Sanderson y Leiber. Si no fuera por el taller nunca me habría dado por leer a Cortázar y su “todo vale en un relato”, ni habría estudiado cómo Alice Munro retrata la complejidad de una mente femenina, ni habría averiguado jamás qué diantre significa realmente este relato de Tobías Wolff, ni, desde luego, habría visto en El Gran Gatsby otra cosa que no fuera un retrato de la aburrida y superficial alta sociedad neoyorkina de los años 20.

Y fue gracias a estos dos últimos que sufrí lo que me parece la revelación más importante que me brindó el taller: Que algunos relatos tienen significados ocultos, a veces varios, aparte del obvio. Seguro que algunos diréis “pues claro, melón”. Pero un cosa es saber que hay un significado oculto, y otra muy distinta es saber formularlo. Ya me gustaría ver si sois capaces de descifrar ese relato de Tobías Wolff, o la cara que se os queda al mirar con ojos arcoiris el relato de Fidgerald, después de haberlo leído como la narrativa de siempre.

En fin. Digo que “sufrí” la revelación porque se me quedó una expresión de estupor que Rubén os puede contar mejor que yo 😛 Y es que, si bien es emocionante pensar que tal vez se escondan otros significados en los relatos que ya hemos disfrutado otras veces, hay dos aspectos que me molestan especialmente.

El primero es la implicación de que la “buena” literatura debe tener como mínimo dos o tres niveles de profundidad. Es decir, que tiene que poder verse desde varios puntos de vista y que todos tengan sentido. Esto para mí equivale a aún más trabajo: si ya me cuesta esbozar dos o tres párrafos del tirón, pues ahora encima tengo que pensar más significados, distintos y crípticos, e imbricarlos en la historia. Perezón máximo… si pretendo escribir “buena” literatura, claro 😁

Y lo segundo, porque no estoy del todo seguro de que esos puntos de vista hayan sido puestos adrede por los autores. De hecho, una de mis preguntas recurrentes cuando llega el profesor y se saca uno de la manga, es “Pero ¿esto lo ha explicado el propio autor? ¿Alguien se lo ha preguntado y él lo ha confirmado?” La respuesta habitual es “No, pero aunque se lo preguntaras no te lo van a confirmar ni desmentir”.

Y es que la actitud que hay detrás de todo esto es la que comentaba más arriba, la de “que cada lector se monte su película”. Se prefieren los textos que dan los apoyos justos y que tengan huecos y dobles sentidos… y al tiempo se detestan los que “llevan de la manita al lector” para despejar cualquier duda sobre la intención o la visión del autor. El problema es que esto da lugar a lo que denomino la visión del sobrepensador, que también se da en el frikismo pero de otra manera. Se trata de examinar el texto buscando otras interpretaciones y utilizar cualquier detalle, por nimio que sea, para crearlas aunque no las haya. Y encima reclamando que también son interpretaciones legítimas si se pueden defender mínimamente.

Por poner un ejemplo, esta visión conspiranoica de los sucesos de la Guerra de las Galaxias:

para un friki es una obra maestra genialmente hilada y elaborada, pero sabe que no es lo que tenía George Lucas en mente cuando hizo sus películas. Para un sobrepensador literario, en cambio, se trata de una interpretación que es muy posible que Lucas dejara implícita, incluso aunque jamás la reconozca.

¿Cómo no va a desquiciarme esta actitud?

Así que mi forma de rebelarme fue llevarla al absurdo a través de los dos primeros relatos que os he puesto más arriba. Que son, mira por dónde, los que más elogios han recabado. 😁

Pero bueno,  he aprendido bastantes cosas más, aunque no sean tan chocantes o polémicas. El taller también me han enseñado que este blog sería la pesadilla de un diacrítico ortotipográfico, o que hay voces narrativas que aún no he visto en el género fantástico, más allá de la visión en primera persona y del narrador en tercera omnicisciente. Además me está obligando a escribir cosas, cortitas, y a afrontar los nervios de tener una audiencia que luego te comenta… aunque tengo que decir que son demasiado benévolos 😉 . Y desde luego, también me ha enseñado a no leer tan diagonalmente la literatura y a mirar con otros ojos, más sospechosos, las entrelíneas. Lo cual es un poco… perder la inocencia.

En fin, menudo tochopost con enjundia me ha salido al final. Supongo que da una idea de lo productivo y enriquecedor que me ha resultado el taller. Y no soy el único, cómo será la cosa que mis compañeros siguen quedando todos los lunes para seguir creando relatos juntos, sin profe ni nada… ¡ojalá sigamos en octubre! Ah, y si algún día doy el paso y me lanzo a pagar los 30 euros al mes que pide El electrobardo… pues también os diré qué tal. 😜

Participando en la tertulia “Rol y Niños” de Maestras de la Mesa

El pasado sábado, invitado por Silvia Vicente, tuve la oportunidad de participar en esta charla vía Hangout con algunos de mis ídolos y pioneros en esto del rol para niños. A los maestros (nunca mejor dicho 😛 ) NatxoPV y Roberto Alhambra los mencioné juntos en esta entrada de hace un par de años y los llevo siguiendo desde incluso antes, y soy el orgulloso poseedor del Pequeños Detectives de Monstruos de Patricia de Blas y Álvaro Corcín, así que ha sido un auténtico privilegio poder intercambiar impresiones con gente a la que admiro tanto. La lástima es que se cayera de la convocatoria Vanessa García… pero es lo que tienen los peques, que se te ponen pochos sin mirar las agendas de sus padres. ¡Espero que esté mejor, Vanessa!

Os dejo con la charla:

No sé a vosotros, pero a mí se me hizo muy corto y me quedé con la impresión de que se quedaban muchos temas en el tintero… aunque supongo que nos pasaría lo mismo aunque estuviéramos el doble de tiempo. Eso sí, lo único que me faltó fueron las birras post-charla, porque tras los nervios del principio me sentí como si estuviéramos todos juntos en el mismo sitio. Claro, ahora me explico lo mucho que os ha enganchado el rol por hangout. Ah, las maravillas de la tecnología…

Por cierto, ya que me sacáis el tema tecnológico, como no me fiaba de la webcam del portátil, que anda bastante renqueante, tuve que buscarme las habichuelas. Al final encontré DroidCam, una aplicación que convierte cualquier tableta o listófono Android en una cámara inalámbrica y la conecta al PC mediante la misma wifi. Y estoy muy contento con el resultado final, la calidad de la imagen fue bastante aceptable.

La única pega es ¿dónde pones la tableta o móvil? Yo me las apañé así:

enhangout

Y es que ¿qué rolero no tiene una pila de libros en su mesa para situaciones como ésta? 😁

En fin, muchísimas gracias a todos por el buen rato y las ideas, y a tí, Silvia, por invitarme en esta ocasión. Ha sido un auténtico placer… que probablemente no volveré a repetir en un futuro próximo. Eso de tener a la familia una hora y pico fuera del salón…  😓

Kung Fury

Interrumpo brevemente mis medio-vacaciones blogueras para dejar constancia del advenimiento de esta obra maestra. Si lo gozasteis cosa mala con el retro-futurismo ochentero del Far Cry 3: Blood Dragon, entonces rozaréis el nirvana con este corto de media hora plagado de fantasmadas de artes marciales, viajes en el tiempo, nazis karatekas, vikingas con miniguns y uzis a lomos de dinosaurios y otros cientos de clichés de pelis de serie B directas-a-vhs, todo ello macerado en su buena dosis de humor gamberro y absurdo. Disfrutad:

 

No sé vosotros, pero para mí estos treinta minutos de gloria justifican por sí solos la existencia de internet y Kickstarter. Y por mi parte no pienso perderme la oportunidad de financiarles a estos suecos de Laser Unicorns la próxima genialidad que se les ocurra.

¿Os queda aún un come-come difícil de explicar? Pues probad a degustar el videoclip oficial de la BSO, interpretado y protagonizado por ¡el mismísimo Hoff!

Simplemente glorioso.

Y si aun así seguís hambrientos de más ochenterismo en vena, siempre podéis probar a jugar la fantabulosa aventura “La liga de los Hombres Extraordinarios de los 80” para Savage Worlds, traducida por el mismísimo Fran Vidal estooo Alfonso García. (perdón por la confusión)

Ay, qué lástima que no haya planes para un Blood Dragon 2…

La Caja Musicreta

O “Haciendo un podcast con tus peques”.

“Bienvenidos a La Caja Musicreta”

Hace varios meses, durante una conversación intrascendente con mi Princesa, salió la idea de hacer un programa de radio que pudiera escuchar todo el mundo, en plan los orígenes del Canal Osera (¡un saludete desde aquí! 😛 ) A ella le entusiasmó inmediatamente, claro, y nos tiramos un buen rato fantaseando sobre los temas que trataría y la música que pondría. Y aunque pensé que su interés sería fugaz, volvía a sacar el tema de cuando en cuando. Sí, todo en modo “¿a que molaría?“, cuando los proyectos tienen una pinta deslumbrante, pero ahí seguía ella, dándole vueltas a la idea.

Viendo que cosa se sostenía en el tiempo, me puse a investigar el trasfondo técnico del asunto. Mi prioridad era la sencillez: a fin de cuentas iba a ser un simple divertimento y si lo abandonábamos al primer programa no quería lamentar el tiempo perdido en aprender los entresijos de un editor de audio más profesional. Alguno me dirá que lo más sencillo que el Audacity es directamente la grabadora de voz que viene de serie en todos los listófonos… pues mira por dónde, encontré algo a medio camino: una aplicación de Android llamada Spreaker Studio.

En lo básico no se trata de otra cosa que una grabadora de voz con la posibilidad de reproducir canciones y algunos efectos de sonido durante la misma grabación. Eso en lo básico, porque resulta que también ofrece la posibilidad de emitir en directo a través de Spreaker.com e incluso ¡gestionar desde el mismo móvil un chat del programa durante la emisión!. La leche. No creo que lleguemos a probar estas funcionalidades, pero me parece una auténtica pasada que cualquiera pueda llevar en el bolsillo un estudio de radio con posibilidad de emitir en directo.

Más fácil imposible. Por cierto, vigilad el botón que señalo con la flecha. Si no está como en la imagen no se va a grabar nada de lo que hagáis… como hemos descubierto varias veces a nuestro pesar ^.^ ¡De nada!

En cualquier caso, con las características básicas nos bastaba y nos sobraba. Una vez terminé de fliparlo con lo fácil que se maneja la aplicación, fue cuestión de picar un poco más a mi Princesa para que concretara el primer programa.

En principio ella sólo quería hablar de las canciones que le gustan de la BSO de La Princesa Prometida, pero tanto a mi Reina como a mí nos parecía que iba a quedar un programa un poco cojo y propusimos añadir un par de minisecciones. Luego abordamos el tema de los nombres, y así nacieron La Caja Musicreta (“porque es una caja de música, pero secreta“) y Fusa, su presentadora. Por último mi Princesa se puso a escribir lo que íbamos a contar, para tenerlo delante durante la grabación, mientras yo me ocupaba de subir al móvil las canciones y los efectos de sonido provenientes de la aplicación Instant Buttons.

Y por fin, tras enchufarle al móvil unos cascos, nos pusimos a grabar el programa esa misma tarde.

Por supuesto no salió a la primera. Bueno, ni a la segunda ni a la cuarta, pero las risas que echamos toda la familia lo compensaron ampliamente. Al final teníamos entre manos varias grabaciones que a veces seguían el guión y a veces no, pero ninguna nos convencía del todo. Podríamos haber seguido grabando hasta estar plenamente seguros, pero ya estábamos todos un poco cansados… y la experiencia me decía que en estas cosas lo importante no es que quede perfecto, es acabarlo. Esa satisfacción de terminar algo y verlo por fin materializado es la mejor motivación para repetir otro día. Y ya entonces seguro que entonces todo saldría mucho mejor.

Muy bien, pues después de un amplio debate elegimos la grabación menos mala. Lo siguiente fue crear la página de La Caja Musicreta en Ivoox, que es la plataforma de podcasting que yo conocía. Para ello hacía falta una cuenta de correo electrónico, así que abrí una en Gmail para el programa, luego creé el Podcast en Ivoox y mientras mi Princesa ultimaba el logo yo me puse a subir el audio. Poco tiempo después ya lo teníamos todo listo:

 

 

El enlace no tardó en circular por WhatsApp, e imaginaos la carita de mi Princesa cuando empezó a recibir las llamadas de los abuelos y los primos felicitándole por el programa. Con semejante subidón es normal que no tardara en ponerse a planear el siguiente programa 😛

Lo malo es que se nos vino demasiado arriba y esta vez nos trajo una pedazo de lista con ¡13 canciones! Menos mal que se nos ocurrió convertirlo en un “test musicreto”, que si no habría sido muy pesado tanto de grabar como de escuchar. Pero bueno, lo importante es que esta vez se notó que algo habíamos aprendido de la experiencia. Por ejemplo, el guion que preparó Fusa era más extenso e incluía lo que quería decir de cada canción, la rima del Priconsejo y el Top 3 de cosas que le gustan. Y también nos notamos un poco más sueltos tanto a la hora de hablar como al manejar la aplicación. Total, al final conseguimos que los 20 minutos (casi el triple de la duración del programa original) se pasaran bastante rápido… o al menos eso nos pareció. Juzgad vosotros mismos ^.^

 

 

¿El futuro de esto? Pues ni idea. Durará tanto como nos siga resultando divertido. De momento Fusa sigue muy ilusionada con el proyecto y ya está preparando la próxima entrega. Que tiene toda la pinta de que va a ser más larga aún…

Guion del tercer programa. Santa Macumba Marimba…

Consejos para vuestro propio programa

De momento sólo le veo aspectos positivos a esto del podcasting con los peques. Además de divertirse una barbaridad, Fusa está tomando decisiones, trabajando en equipo y poniendo en práctica cosas del cole como escribir o medir el tiempo, por mencionar solo un par. Además está empezando a vislumbrar todo el potencial de internet más allá de los juegos. Y lo mejor de todo es que nos lo estamos pasando en grande toda la familia, riéndonos juntos y con el bonus añadido de unos recuerdos impagables en formato mp3 😊

Así que, incluso si preferís conservar los audios para vosotros, os animo a que le propongáis a vuestros peques hacer su propio programa. Y si al final os liais la manta a la cabeza, permitidme sólo tres consejillos extra:

  1. La diversión por encima de todo. Debería ser el principal objetivo, por lo que si el programa se convierte en una obligación para cualquiera, a otra cosa, mariposa. Bueno, a menos que consigáis vivir de ello, claro… pero entonces no molará tanto hacerlo 😕
  2. Cuantas más decisiones en manos de los peques, mejor. Ya veis que Fusa ha elegido prácticamente todo, desde su nombre y el nombre del programa hasta los temas y los contenidos de cada espacio. Cuando ha visto que sus decisiones se toman en cuenta y a ese nivel, se ha implicado al máximo. Eso no quiere decir que mi Reina y yo no hayamos hecho objeciones en algún caso, sino que siempre hemos ofrecido alguna opción más apetecible. En plan “Eso está bien, pero ¿qué te parece si…“.
  3. Cuantas más tareas hagan los peques, mejor. Así también depende de ellos que el programa salga o no. En nuestro caso mi Princesa no sólo es la presentadora, además ha diseñado y dibujado ella misma el logo y se encarga de escribir todos los guiones. Y aunque al principio apenas ocupaban medio folio, ya habéis visto que la cosa va complicándose con cada programa…

Y poco más. Cualquier excusa es buena para disfrutar a tope del tiempo que paséis juntos. No hay mejor regalo para ellos… ni para nosotros 😉

EDITADO 12/05/2015: Ya tenemos tercer programa:

Las “partes buenas” de Star Wars

Qué tiempos para los que somos fans de La Guerra de las Galaxias, ¿eh? Desde que Disney le compró el imperio a Lucas no sólo empezamos a disfrutar de nuevo material como Star Wars Rebels, sino que se nos vienen encima cómics, una peli centrada en soldados rebeldes (Star Wars: Rogue One, anunciada para diciembre de 2016), nuevos rumores sobre una serie de acción real y, sobre todo, la “nueva nueva” trilogía que empieza en este próximo diciembre y que consigue que un hombretón como yo gimotee cual damisela con el primer y el segundo teaser trailer. Bueno, en realidad con cada aparición en los mismos de los personajes de toda la vida. Por aquello de “los viejos rockeros que siguen dando caña” y eso.

Y claro, con esta perspectiva muchos padres piensan que ahora es el mejor momento para introducir a los chavales en el universo de Star Wars. Así que es normal que en las redes sociales siga rebrotando el viejo debate sobre las películas y los niños: que si ponerles sólo la trilogía clásica o hay que ponérselas todas, y en este caso si es mejor en orden cronológico o de filmación.

Ya he expresado anteriormente mi posición al respecto, pero siempre hay quien insinúa que les estoy imponiendo a mis hijos mi propia visión nostálgica e idealizada de la Trilogía Original. Y en esos momentos no puedo evitar acordarme de La Princesa Prometida.

Sí, La Princesa Prometida. Pero no la obra maestra del cine, sino el libro del que procede. Y si aún no lo habéis leído, aviso que a partir de aquí os lo voy a destripar un poco porque… resulta que no es exactamente lo mismo que la peli. Así que ¡Aviso de spoilers!

Ésta es la edición que tenemos en casa… por duplicado, jejeje. Resulta que a mi Reina y a mí nos dio por regalarnos este mismo libro mutuamente, el mismo día y ¡sin haberlo hablado siquiera! ¿Cómo iba a dejarla escapar? ^.^

 

William Goldman empieza el libro con una autobiografía inventada alrededor de La Princesa Prometida: era el fantástico y alucinante libro de aventuras que le leía su padre de pequeño cuando estaba enfermo, aunque él nunca llegó a hojearlo. Pero cuando Goldman se convierte en padre y le regala un ejemplar a su hijo, resulta que el niño lo abandona casi en el primer capítulo. Extrañado de que el chaval no lo haya flipado tantísimo como él en su momento, recoge el libro y por primera vez lo lee directamente:

Ojeo el primer capítulo; era más o menos como lo recordaba. Paso al segundo capítulo, donde el autor habla del príncipe Humperdinck y ofrece la descripción breve e inquietante del Zoológico de la Muerte.

 

Y es ahí cuando comienzo a darme cuenta del problema.

 

No es que la descripción no figurara. Estaba, y era más o menos como la recordaba. Pero antes de llegar a la descripción, había unas sesenta páginas de texto que hablaban de la antepasados del príncipe Humperdinck y de cómo su familia llegó a controlar Florin, y de esta boda y de este niño que engendró a este otro de aquí que después se caso con no se quién; pasé al capítulo tercero, «El galanteo», y descubrí que hablaba de la historia de Guilder y de cómo ese país llegó al puesto que ocupaba en el mundo. Cuánto más hojeaba el libro, de más cosas me enteraba: Morgenstern no se había propuesto escribir un libro infantil, sino una especie de historia satírica de su país y del declive de la monarquía en la civilización occidental.

 

Pero mi padre sólo me había leído las partes de acción, las partes buenas. No se ocupó en absoluto del aspecto serio.

 

Así que el autor decide extraer esas “partes buenas” del original, y el resultado se supone que es el libro que tenemos entre manos.

Pues bien, eso mismo es lo que estoy haciendo con las pelis de Star Wars. Ya vendrá el día en que mis hijos se enteren de que hay otras películas, las vean y comentemos qué les han parecido. Pero hasta entonces prefiero hacer como el padre de Goldman en La Princesa Prometida: seguir poniéndoles sólo las “partes buenas”.